martes, 6 de octubre de 2026

TERAPIA DE PAREJA - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Agresividad en la pareja: discusiones, insultos y violencia

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Agresividad en la pareja: cuando las discusiones se convierten en una relación que hace daño

Todas las parejas pueden discutir. Tener diferencias, enfadarse o atravesar momentos de crisis no convierte una relación en una relación tóxica.

El problema aparece cuando las discusiones empiezan a cruzar determinados límites.

Insultos.

Humillaciones.

Gritos.

Amenazas de ruptura utilizadas durante cada conflicto.

Empujones.

Golpes.

Romper objetos.

Bloquear la salida de una habitación.

Agarrar a la otra persona.

Revisar continuamente el móvil.

Despreciar.

Ridiculizar.

Utilizar aquello que conocemos de nuestra pareja para hacerle daño.

Después llega la reconciliación. Ambos se tranquilizan, aparecen las disculpas y durante algún tiempo parece que todo ha terminado.

Hasta la siguiente discusión.

Cuando una pareja entra repetidamente en este tipo de dinámica, ya no estamos hablando simplemente de que «tenemos problemas de comunicación».

La agresividad física, verbal o psicológica necesita ser evaluada específicamente.

«Nos queremos, pero cuando discutimos nos hacemos mucho daño»

Esta es una de las contradicciones más difíciles de comprender para algunas parejas.

Puede existir amor y, al mismo tiempo, una dinámica profundamente destructiva.

Después de una discusión pueden aparecer arrepentimiento, culpa, miedo a perder al otro y deseo de recuperar rápidamente la relación.

Entonces llegan las promesas:

«No volverá a ocurrir».

«La próxima vez me controlaré».

«Tenemos que dejar de discutir así».

«Los dos tenemos que cambiar».

Durante unos días todo parece diferente.

Sin embargo, si únicamente llega la reconciliación pero no se modifican los procesos que conducen a la escalada, el conflicto puede repetirse.

Cuando una discusión va subiendo de intensidad

Muchas discusiones destructivas no comienzan con una agresión.

Empiezan mucho antes.

Una frase.

Un tono.

Una sensación de rechazo.

Un mensaje que no ha sido contestado.

Celos.

Una crítica.

Sentirse ignorado/a.

Pensar que al otro no le importa lo que sentimos.

Una persona protesta.

La otra se defiende.

La primera aumenta la intensidad porque siente que no está siendo escuchada.

La otra empieza a sentirse atacada y responde con mayor dureza.

Aparecen reproches antiguos.

Después pueden llegar los insultos, las amenazas, los gritos o la agresión.

Cuando finalmente ambos están completamente activados emocionalmente, ya no están intentando resolver el problema inicial.

Están intentando defenderse del otro.

De la necesidad de ser escuchado a atacar

En algunas relaciones aparece un patrón especialmente doloroso.

Una persona intenta conseguir cercanía, atención, reconocimiento o seguridad.

Pero lo expresa mediante críticas, acusaciones, exigencias o ataques.

La otra persona escucha el ataque, no la necesidad que existe detrás.

Se defiende, contraataca o se distancia.

Ese alejamiento puede aumentar todavía más la sensación de abandono o rechazo del primer miembro de la pareja.

Entonces intensifica nuevamente su comportamiento.

Se establece así un círculo:

Necesito que me escuches → protesto o ataco → te sientes atacado/a → te defiendes o te alejas → siento todavía más rechazo → aumento mi protesta → aumenta el conflicto.

Comprender este ciclo puede ser importante.

Pero comprenderlo no significa justificar una agresión.

Podemos comprender qué emociones preceden a una conducta y, al mismo tiempo, establecer claramente que determinadas conductas no son aceptables dentro de una relación.

Agresividad verbal y psicológica en la pareja

No todas las agresiones dejan una lesión física.

En algunas parejas la violencia aparece principalmente mediante las palabras.

Descalificar continuamente.

Insultar.

Ridiculizar.

Utilizar inseguridades personales durante las discusiones.

Amenazar repetidamente con abandonar.

Humillar.

Intimidar.

Destruir objetos para asustar.

Utilizar el silencio deliberadamente para castigar o controlar.

Amenazar.

Intentar aislar a la pareja.

Controlar dónde está, con quién habla o qué hace.

Estas conductas necesitan ser valoradas porque pueden producir un importante deterioro psicológico y relacional.

Agresiones físicas durante las discusiones

«Solo fue un empujón».

«Le agarré porque quería marcharse».

«Me puse delante de la puerta para que termináramos de hablar».

«Me dio una bofetada, pero estaba muy enfadada».

«Los dos nos empujamos».

Minimizar lo sucedido puede convertirse en una manera de continuar dentro del mismo ciclo.

Una agresión física merece atención aunque haya ocurrido una sola vez.

Y cuando ya se ha repetido, resulta especialmente importante evaluar qué tipo de violencia existe, su frecuencia, gravedad, escalada y riesgo.

«Los dos nos agredimos»: ¿significa que ambos tienen la misma responsabilidad?

No necesariamente.

Que dos personas hayan realizado conductas agresivas no nos dice por sí solo qué dinámica existe.

Es necesario valorar qué ocurrió, quién inició determinadas conductas, qué función tuvieron, si existe miedo, intimidación, represalias, control, desigualdad de poder, lesiones, amenazas o conductas defensivas.

Por eso no resulta adecuado reducir automáticamente estas situaciones a:

«Los dos sois igual de responsables».

Cada comportamiento debe evaluarse dentro de su contexto.

Celos, miedo al abandono y dependencia emocional

En algunas parejas la escalada está relacionada con un intenso miedo a perder la relación.

Una persona interpreta determinados comportamientos como señales de rechazo:

«Ya no me quiere».

«Está interesado/a en otra persona».

«Me va a dejar».

«Prefiere estar con sus amigos que conmigo».

«Si no me responde es porque no le importo».

La ansiedad aumenta y aparecen conductas destinadas a conseguir seguridad: llamadas repetidas, interrogatorios, comprobaciones, exigencias, búsqueda de confirmación o intentos de impedir que la otra persona se aleje.

Pero cuanto mayor es la presión, más puede distanciarse la pareja.

Y ese distanciamiento confirma precisamente aquello que se temía.

Miedo al abandono → necesidad de controlar o perseguir → alejamiento de la pareja → mayor miedo al abandono.

Cuando este proceso está presente, puede ser necesario trabajar individualmente aspectos relacionados con apego, regulación emocional, autoestima, celos, inseguridad o dependencia emocional.

¿Por qué seguimos juntos si nos hacemos daño?

Esta pregunta no siempre tiene una respuesta sencilla.

Una relación puede contener simultáneamente momentos muy dolorosos y momentos de enorme conexión.

Después de una crisis intensa puede producirse una reconciliación igualmente intensa.

La persona recupera aquello que temía perder.

Aparece alivio.

Cariño.

Sexo.

Promesas.

Esperanza.

Y puede pensarse:

«Ahora sí hemos entendido lo que estaba pasando».

Pero cuando vuelve a aparecer el desencadenante, reaparece también el patrón anterior.

Por eso una relación no debería valorarse únicamente por cómo se siente la pareja después de reconciliarse, sino también por lo que ocurre cuando existe frustración, miedo, desacuerdo o enfado.

¿Una relación tóxica puede cambiar?

No existe una respuesta válida para todas las parejas.

Antes de preguntarnos cómo reparar la relación necesitamos valorar algo anterior:

¿Es una relación en la que puede trabajarse conjuntamente con seguridad?

Cuando existe agresividad, la primera intervención no debería consistir simplemente en enseñar técnicas de comunicación.

Es necesario evaluar la violencia.

Entre otras cuestiones:

¿Qué ocurre exactamente durante las discusiones?

¿Ha existido violencia física?

¿Con qué frecuencia?

¿Está aumentando?

¿Alguno tiene miedo del otro?

¿Existen amenazas?

¿Se impide al otro marcharse?

¿Hay control sobre el móvil, dinero, relaciones o movimientos?

¿Ha habido lesiones?

¿Existen hijos expuestos a las discusiones?

¿Hay consumo de alcohol u otras sustancias relacionado con los episodios?

¿Existe voluntad real de detener completamente las agresiones?

Estas preguntas ayudan a determinar qué tipo de intervención puede resultar adecuada.

¿Se puede hacer terapia de pareja cuando existen agresiones?

No siempre.

Esta es una cuestión fundamental.

La presencia de agresividad no significa automáticamente que la terapia conjunta sea la intervención indicada.

Cuando existe violencia grave, miedo, intimidación, control coercitivo, riesgo para alguno de los miembros o posibilidad de represalias después de las sesiones, la terapia de pareja puede no ser apropiada.

En determinadas situaciones puede ser necesario realizar primero entrevistas individuales, establecer medidas de seguridad o recomendar intervención individual o especializada.

En otros casos, después de una evaluación cuidadosa y cuando existen determinadas condiciones de seguridad, puede valorarse si resulta adecuado realizar algún tipo de intervención conjunta.

La prioridad no es mantener la pareja a cualquier precio.

La prioridad es detener la violencia y proteger a las personas implicadas.

La terapia no consiste en decidir quién tiene razón

Cuando una pareja llega después de meses o años de conflictos puede utilizar la sesión para intentar demostrar quién es responsable de todo.

«Dile que esto no es normal».

«Explícale que el problema es él».

«Ahora cuéntale lo que hiciste tú».

Pero convertir la consulta en un juicio puede reproducir exactamente la dinámica que existe fuera.

La evaluación psicológica busca comprender:

qué ocurre entre ambos;

qué desencadena las escaladas;

cómo responde cada uno;

qué emociones aparecen;

qué patrones individuales intervienen;

qué responsabilidad corresponde a cada conducta;

y, fundamentalmente, si existen las condiciones necesarias para realizar un trabajo conjunto seguro.

Cuando puede ser necesario trabajar individualmente

A veces uno o ambos miembros necesitan un proceso individual antes o independientemente de la terapia conjunta.

Puede ser necesario trabajar:

  • Regulación de la ira y de los impulsos.
  • Celos.
  • Miedo al abandono.
  • Dependencia emocional.
  • Trauma.
  • Autoestima.
  • Apego.
  • Interpretaciones de rechazo.
  • Control.
  • Dificultades para tolerar la frustración.
  • Patrones aprendidos en relaciones anteriores o durante la infancia.
  • Consumo de sustancias cuando interviene en los episodios de violencia.

Comprender el origen de una reacción puede ayudarnos a modificarla.

Pero nuevamente existe una diferencia fundamental:

comprender no significa justificar.

Cada persona continúa siendo responsable de cómo actúa.

¿Cuándo pedir ayuda?

No es necesario esperar a que ocurra algo todavía más grave.

Si vuestras discusiones terminan repetidamente en insultos, humillaciones, amenazas, empujones, golpes, rotura de objetos, miedo o pérdida de control, conviene realizar una evaluación profesional.

También puede ser importante consultar cuando uno de los dos empieza a pensar:

«Cuando discutimos no me reconozco».

«Tengo miedo de perder el control».

«Cada vez llegamos más lejos».

«Después me arrepiento muchísimo, pero vuelve a pasar».

«Nos queremos, pero nos estamos haciendo daño».

«No quiero que nuestra relación siga siendo así».

Terapia psicológica para problemas de pareja y agresividad

Trabajo con dificultades de pareja desde una perspectiva integrativa.

Cuando existe agresividad, el primer objetivo es evaluar la dinámica y determinar qué intervención resulta adecuada y segura.

No todas las parejas necesitan lo mismo.

En algunos casos puede plantearse posteriormente un trabajo conjunto.

En otros será preferible realizar intervención individual.

Y cuando exista una situación de violencia que haga desaconsejable la terapia de pareja, se priorizará la seguridad y se orientará hacia los recursos adecuados.

Terapia de pareja online y presencial en Vecindario

Si vuestra relación ha entrado en un ciclo de discusiones, agresividad, distanciamiento y reconciliación que vuelve a repetirse, podéis solicitar una primera consulta para valorar la situación.

Realizo terapia de pareja presencial en Vecindario, Gran Canaria, y terapia de pareja online.

La primera pregunta no será:

«¿Cómo conseguimos que sigáis juntos?»

Será:

«¿Qué está ocurriendo entre vosotros y cuál es la forma más adecuada y segura de intervenir?»

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María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es



AUTOESTIMA - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Cuando compararte se convierte en una fuente de sufrimiento

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Pensamientos intrusivos y comparación con los demás: cuando compararte se convierte en una fuente de sufrimiento

Compararnos con otras personas es una experiencia humana habitual. Observamos cómo viven los demás, cómo se relacionan, qué aspecto tienen, qué han conseguido o cómo parecen desenvolverse en determinadas situaciones.

El problema aparece cuando la comparación deja de ser ocasional y se convierte en un proceso prácticamente automático que genera sufrimiento.

«Es más guapa que yo».

«Todo el mundo parece más seguro».

«A mi edad los demás han conseguido mucho más».

«Seguro que se han dado cuenta de que no encajo».

«¿Por qué todos parecen estar bien menos yo?»

En algunas personas estos pensamientos aparecen de manera tan rápida y repetitiva que sienten que no pueden detenerlos. Pueden entrar en una reunión, una celebración, el trabajo, el gimnasio o simplemente abrir una red social y comenzar inmediatamente a compararse.

A partir de ese momento dejan de disfrutar de lo que está ocurriendo. Su atención queda atrapada en una pregunta:

«¿Cómo quedo yo en comparación con los demás?»

¿Por qué no puedo dejar de compararme con otras personas?

La comparación social no es necesariamente negativa. Nuestro cerebro utiliza a otras personas como referencia para interpretar situaciones y valorar determinadas características.

Sin embargo, cuando existe inseguridad, miedo al rechazo, vergüenza, baja autoestima o una elevada preocupación por la propia imagen, esta comparación puede convertirse en una forma constante de vigilancia.

La persona ya no observa simplemente a los demás.

Busca información sobre sí misma a través de ellos.

Puede entrar en una habitación y detectar rápidamente quién considera más atractivo, más delgado, más sociable, más inteligente, más exitoso o más seguro.

El problema es que esta comparación raramente se realiza de manera neutral.

La atención tiende a seleccionar precisamente aquellas características en las que la persona siente que se encuentra en desventaja.

Pensamientos intrusivos de comparación: «Todos son mejores que yo»

Los pensamientos automáticos pueden aparecer sin que decidamos conscientemente tenerlos.

Ves a alguien y aparece:

«Tiene mejor cuerpo que yo».

Escuchas hablar a otra persona:

«Es muchísimo más interesante».

Ves una fotografía:

«Yo nunca podría verme así».

Llegas a una celebración:

«Soy la peor vestida».

Estos pensamientos pueden sentirse como intrusivos porque aparecen de forma involuntaria, repetitiva y difícil de controlar.

Sin embargo, es importante hacer una distinción.

Tener pensamientos repetitivos de comparación no significa necesariamente presentar un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC).

Durante una evaluación psicológica es necesario comprender qué tipo de pensamientos aparecen, qué significado tienen para la persona, qué emociones provocan y qué comportamientos realiza posteriormente.

El problema no siempre es el pensamiento, sino lo que hacemos después

Imagina que aparece automáticamente:

«Esa persona es mucho más atractiva que yo».

El pensamiento dura apenas unos segundos.

Pero después puedes empezar a analizar:

«Claro, tiene mejor cuerpo».

«Seguro que todo el mundo se fija antes en ella».

«Mi pareja también debe pensar que es más guapa».

«¿Y si realmente yo soy poco atractiva?».

«Siempre he sido inferior».

Lo que inicialmente era un pensamiento automático termina convirtiéndose en varios minutos —o incluso horas— de comparación, análisis y autocrítica.

Por eso, en terapia no solamente interesa conocer qué pensamiento apareció, sino qué hizo la persona mentalmente después de que apareciera.

Comparación, atención selectiva y sensación de inferioridad

Cuando una persona lleva mucho tiempo sintiéndose inferior, puede desarrollar una especial sensibilidad hacia cualquier información relacionada con aquello que teme.

Si su inseguridad está relacionada con el físico, observará cuerpos.

Si está relacionada con la inteligencia, observará capacidades.

Si está relacionada con el éxito profesional, observará logros.

Si está relacionada con las habilidades sociales, observará cómo se desenvuelven los demás.

La mente puede empezar a realizar continuamente una especie de clasificación:

ellos frente a mí.

Y existe una trampa importante: normalmente comparamos aquello que conocemos perfectamente de nosotros —incluyendo nuestros miedos, inseguridades, errores y defectos— con una pequeña parte visible de la vida de otra persona.

«Cuando estoy con gente, dejo de disfrutar»

Una consecuencia frecuente de la comparación excesiva es perder contacto con lo que está ocurriendo.

Imagina una celebración.

Al principio estás hablando con alguien. Después observas a otra persona y comienza la comparación.

A partir de ahí, parte de tu atención deja de estar en la conversación y empieza a dirigirse hacia ti:

«¿Cómo estaré quedando?».

«¿Me verán inseguro/a?».

«¿Estoy haciendo el ridículo?».

«Los demás tienen mucho más que yo».

Comienza entonces una intensa autoobservación.

En lugar de vivir la situación desde dentro, empiezas a observarte como si estuvieras contemplándote desde fuera.

Esto puede aumentar la ansiedad y hacer que comportamientos que normalmente serían espontáneos empiecen a sentirse artificiales.

Compararse físicamente con los demás

La comparación puede adquirir especial intensidad cuando está relacionada con la imagen corporal.

La persona puede comprobar continuamente:

  • El cuerpo de otras personas.
  • El peso.
  • La piel.
  • El pelo.
  • La ropa.
  • La edad aparente.
  • Determinados rasgos físicos.
  • Fotografías propias y ajenas.
  • Cómo cree que los demás reaccionan ante su apariencia.

Después puede regresar al espejo para comprobar nuevamente aquello que le preocupa.

Se establece entonces un circuito:

Observo a otra persona → me comparo → siento que pierdo en la comparación → aumenta mi inseguridad → compruebo mi imagen → encuentro nuevos defectos → vuelvo a compararme.

Cuando existe una preocupación muy intensa por supuestos defectos físicos, conductas repetitivas de comprobación y una interferencia importante en la vida cotidiana, puede ser necesario evaluar específicamente la posible existencia de dismorfia corporal o trastorno dismórfico corporal.

Comparación y redes sociales

Las redes sociales proporcionan un escenario especialmente favorable para la comparación.

Podemos observar en pocos minutos decenas o cientos de personas cuidadosamente seleccionadas, fotografiadas, vestidas y presentadas.

El cerebro puede cometer entonces un error importante:

comparar nuestra vida completa con momentos seleccionados de la vida de los demás.

No conocemos necesariamente sus inseguridades, conflictos, dificultades económicas, problemas sentimentales, miedos o momentos de tristeza.

Sin embargo, sí tenemos acceso completo a los nuestros.

Por eso la comparación está desequilibrada desde el principio.

Cuando intentas expulsar el pensamiento

Cuando una persona está cansada de compararse puede empezar a exigirse:

«No quiero pensar esto».

«Tengo que dejar de compararme».

«Otra vez estoy haciendo lo mismo».

Pero luchar continuamente contra determinados pensamientos puede aumentar todavía más nuestra atención hacia ellos.

El objetivo psicológico no siempre consiste en conseguir que determinados pensamientos nunca vuelvan a aparecer.

Podemos aprender a reconocer:

«Mi mente acaba de iniciar otra comparación».

Y decidir qué hacemos después.

Un pensamiento puede aparecer sin necesidad de convertirlo en una investigación sobre nuestro valor personal.

¿Qué puede haber detrás de la comparación constante?

No existe una única explicación.

Dependiendo de la persona pueden intervenir diferentes factores:

  • Baja autoestima.
  • Autocrítica intensa.
  • Vergüenza.
  • Miedo al rechazo.
  • Necesidad de aprobación.
  • Perfeccionismo.
  • Ansiedad social.
  • Experiencias de bullying o humillación.
  • Críticas recibidas durante la infancia o adolescencia.
  • Comparaciones familiares.
  • Rechazo sentimental.
  • Preocupación por la imagen corporal.
  • Determinados patrones obsesivos.
  • Experiencias que hayan contribuido a construir una sensación persistente de inferioridad.

Por eso no resulta suficiente decir simplemente:

«Tienes que dejar de compararte».

Es necesario comprender qué función cumple esa comparación y qué intenta averiguar la persona cada vez que compara.

Una pregunta importante: ¿qué significa para ti perder la comparación?

Esta es una cuestión especialmente relevante.

Supongamos que alguien piensa:

«Esa mujer es más guapa que yo».

Podríamos intentar discutir inmediatamente si eso es cierto.

Pero quizá exista una pregunta psicológicamente mucho más interesante:

¿Qué significaría para ti que realmente fuera más guapa que tú?

Puede aparecer entonces:

«Que yo no soy suficiente».

«Que mi pareja podría preferirla».

«Que nadie va a elegirme».

«Que estoy envejeciendo».

«Que no tengo nada especial».

En ese momento empezamos a descubrir que el sufrimiento quizá no proceda únicamente de la comparación.

Procede del significado que esa comparación tiene para la identidad y el valor personal de la persona.

¿Cómo se trabaja en terapia la comparación constante?

El tratamiento psicológico debe adaptarse a cada caso después de realizar una evaluación.

Entre otros aspectos, podemos trabajar:

Identificación de los desencadenantes.
Comprender cuándo aparece con mayor intensidad la comparación.

Atención selectiva.
Observar hacia dónde dirige automáticamente la atención la persona.

Relación con los pensamientos.
Aprender a distinguir entre que aparezca un pensamiento y tener que analizarlo, comprobarlo o actuar siguiendo sus indicaciones.

Autocrítica.
Identificar el lenguaje interno mediante el que la persona se juzga continuamente.

Conductas de comprobación.
Trabajar comportamientos que pueden estar manteniendo la inseguridad.

Evitación.
Recuperar progresivamente situaciones abandonadas por miedo a compararse, sentirse inferior o ser juzgado.

Autoestima y autoconcepto.
Construir una valoración personal menos dependiente de comparaciones externas.

Historia personal.
Cuando sea relevante, comprender cómo determinadas experiencias anteriores contribuyeron a desarrollar la forma actual de verse a uno mismo.

No necesitas ganar todas las comparaciones

Siempre podremos encontrar a alguien que tenga una característica que nosotros deseamos.

Alguien más atractivo.

Más joven.

Más sociable.

Con mayor éxito profesional.

Con más dinero.

Con una relación aparentemente mejor.

Intentar alcanzar una posición desde la que nunca exista nadie con quien podamos «perder» una comparación es una batalla imposible.

El cambio comienza cuando nuestro valor deja de depender de ganar esas comparaciones.

Puedes observar que alguien posee una característica que admiras sin convertir automáticamente esa observación en una sentencia sobre quién eres tú.

¿Cuándo pedir ayuda psicológica?

Puede ser recomendable solicitar ayuda cuando la comparación con otras personas produce un sufrimiento intenso o comienza a condicionar tu vida.

Especialmente si:

evitas reuniones o celebraciones; has dejado actividades que anteriormente disfrutabas; experimentas ansiedad intensa al encontrarte con determinadas personas; pasas mucho tiempo comprobando tu aspecto; necesitas constantemente que otras personas te tranquilicen; las redes sociales desencadenan episodios importantes de malestar; o los pensamientos sobre tu supuesta inferioridad ocupan una parte considerable del día.

Una evaluación psicológica puede ayudar a comprender por qué se está produciendo este patrón y qué procesos concretos lo están manteniendo.

Psicóloga online y en Vecindario

Si los pensamientos de comparación, la sensación de inferioridad o la preocupación por cómo te ven los demás están afectando a tu bienestar, tus relaciones o tu vida cotidiana, podemos comenzar realizando una evaluación individualizada.

Trabajo mediante terapia psicológica online y presencialmente como psicóloga en Vecindario, Gran Canaria.

El objetivo no es conseguir que nunca vuelvas a compararte.

Es conseguir que una comparación deje de tener el poder de decidir cuánto vales, cómo debes sentirte y qué puedes hacer con tu vida.

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María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es


lunes, 5 de octubre de 2026

SÍNDROME INTESTINO IRRITABLE - Psicóloga María Jesús Suárez Duque - Entrevista para SII, urgencia y miedo a no encontrar un baño

Psicóloga online y presencial en Vecindario

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Entrevista para SII, urgencia y miedo a no encontrar un baño

  1. Historia y características del problema

  • ¿Recuerdas cuándo comenzó el problema intestinal y qué estaba ocurriendo en tu vida en aquel momento?
  • ¿Apareció de forma repentina o fue aumentando progresivamente?
  • ¿Recuerdas algún episodio concreto a partir del cual empezaras a preocuparte especialmente por encontrar un baño?
  • ¿Cómo era tu relación con ir al baño antes de que apareciera este problema?
  • ¿Ha habido períodos durante esos años en los que hayas estado considerablemente mejor? ¿Qué era diferente entonces?
  • ¿Qué diagnóstico o explicaciones médicas te han dado y qué pruebas te han realizado?
  • ¿Qué tratamientos has probado y qué ocurrió con cada uno?

  1. Qué ocurre realmente cuando aparece la urgencia

Aquí profundizaría bastante:

  • Cuando dices “necesito encontrar un baño”, ¿qué notas exactamente en el cuerpo?
  • ¿Dónde comienza la sensación?
  • ¿Es dolor, presión, movimiento intestinal, sensación rectal de evacuación, gases, retortijones…?
  • ¿La urgencia aparece de golpe o va aumentando?
  • De 0 a 10, ¿hasta qué intensidad suele llegar?
  • ¿Una urgencia de 8 o 9 significa siempre que finalmente tienes que defecar?
  • Cuando vas al baño, ¿siempre haces deposición?
  • ¿Cómo suelen ser las heces cuando has sentido muchísima urgencia?
  • ¿Alguna vez la sensación ha desaparecido sin necesidad de ir al baño?

Esta última me parece especialmente importante.

  1. Capacidad real para posponer la evacuación

Aquí buscaría la discrepancia entre “siento que no puedo” y “realmente no puedo”:

  • Cuando aparecen las ganas, ¿cuánto tiempo crees que puedes aguantar?
  • ¿Cuál ha sido el período más largo que recuerdas haber esperado?
  • ¿Qué ocurre si intentas esperar cinco minutos?
  • ¿Y diez?
  • ¿La urgencia continúa aumentando indefinidamente o a veces sube y después disminuye?
  • ¿Alguna vez has tenido realmente un escape de heces?
  • ¿Cuántas veces en estos 20 años?
  • Si nunca ha ocurrido: ¿qué te hace pensar que esta vez sí podría ocurrir?
  • ¿Hay ocasiones en las que estabas convencido de que no llegarías y finalmente sí llegaste?

Esta parte puede ser clínicamente muy reveladora en este caso.

  1. Ansiedad anticipatoria e hipervigilancia intestinal

  • Cuando vas a salir de casa, ¿cuándo empiezas a pensar en el baño?
  • ¿Antes de salir ya compruebas cómo está tu intestino?
  • ¿Estás pendiente durante el día de cualquier movimiento o sensación abdominal?
  • ¿Qué haces cuando notas el primer movimiento intestinal?
  • ¿Tu atención se dirige inmediatamente al intestino?
  • ¿Te resulta difícil dejar de comprobar cómo está tu abdomen?
  • ¿Hay días en los que el intestino está relativamente tranquilo pero tú continúas preocupado por lo que podría ocurrir?
  • ¿Qué temes exactamente que ocurra si no encuentras un baño?

Y aquí no presupondría que el miedo es simplemente hacerse encima. Preguntaría:

«¿Qué sería lo peor de que ocurriera?»

Porque puede aparecer miedo a la vergüenza, humillación, pérdida de control, ser observado, quedar atrapado, no poder escapar, etc.

  1. Conductas de seguridad

Esta parte para mí sería fundamental:

  • ¿Miras dónde están los baños antes de ir a un sitio?
  • ¿Eliges rutas en función de dónde sabes que hay baños?
  • ¿Te sientas cerca de la salida?
  • ¿Vas al baño preventivamente aunque no tengas ganas?
  • ¿Llevas medicación, ropa, papel u otros objetos “por si acaso”?
  • ¿Dejas de comer antes de salir?
  • ¿Hay alimentos que evitas exclusivamente cuando sabes que vas a salir?
  • ¿Sales únicamente después de haber ido al baño?
  • ¿Necesitas ir acompañado?
  • ¿Utilizas el coche porque te proporciona mayor sensación de control?
  • ¿Has regresado a casa porque empezaste a notar el intestino?
  • ¿Preguntas dónde está el baño nada más llegar a un lugar?

Y una pregunta muy buena sería:

«Si mañana supieras con absoluta certeza que vas a tener un baño disponible en menos de dos minutos estés donde estés, ¿qué cosas volverías a hacer?»

Eso puede mostrarle directamente cuánto de su vida está organizado alrededor de la amenaza intestinal.

  1. Evitación e interferencia

  • ¿Qué has dejado de hacer por este problema?
  • ¿Comer fuera?
  • ¿Viajar?
  • ¿Transporte público?
  • ¿Cine, teatro, conciertos?
  • ¿Reuniones?
  • ¿Trabajo?
  • ¿Deporte?
  • ¿Relaciones sociales o de pareja?
  • ¿Hay lugares a los que directamente no vas porque no sabes si habrá baño?
  • ¿Qué actividad te gustaría recuperar primero si este miedo disminuyera?

  1. Relación entre alimentación, intestino y miedo

Aquí distinguiría muy cuidadosamente una evitación gastrointestinal razonable de una conducta de seguridad:

  • ¿Qué alimentos sabes por experiencia repetida que empeoran objetivamente tus síntomas?
  • ¿Cuáles has dejado de comer porque temes que puedan producirlos?
  • ¿Comes diferente cuando estás en casa que cuando vas a salir?
  • ¿Puedes comer con tranquilidad si sabes que hay un baño cerca?
  • ¿Qué ocurre si comes exactamente lo mismo sabiendo que después tienes que hacer un trayecto?

Esta comparación puede ser muy interesante.

  1. Relación estrés–síntoma

  • ¿Qué ocurre con el intestino cuando estás tranquilo?
  • ¿Y cuando tienes una preocupación?
  • ¿Qué ocurre los días en que tienes que hacer algo importante?
  • ¿La urgencia aparece alguna vez antes de salir aunque todavía no hayas comido?
  • ¿Notas diferencia entre estar en casa y estar lejos de casa?
  • Si estás cerca de un baño, ¿disminuye la urgencia?
  • ¿Y si sabes que no habrá uno disponible?

Esta última comparación puede aportar muchísimo acerca de la modulación de la sensación por el contexto.

  1. Tratamiento psicológico anterior

Como me había comentado que con el psicólogo anterior obtuvo cierta mejoría, dedicaría un bloque específico:

  • ¿Qué trabajasteis exactamente?
  • ¿Qué ejercicios o técnicas utilizabais?
  • ¿Qué fue lo que más te ayudó?
  • ¿Qué empezaste a hacer que antes no hacías?
  • ¿Hubo exposiciones?
  • ¿Qué situaciones trabajaste?
  • ¿Qué mejoró exactamente: el intestino, el miedo, la evitación o todo ello?
  • ¿Por qué terminó el tratamiento?
  • ¿Qué crees que quedó pendiente?

Esta parte puede ahorrar mucho camino porque puede indicarle qué mecanismo ya respondió al tratamiento.

Y terminaría con una pregunta muy abierta

«Si yo pudiera observarte durante un día entero, ¿en qué momentos vería que este problema está dirigiendo tus decisiones?»

Creo que puede darnos una fotografía funcional magnífica.

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Intervención psicológica en el Síndrome de intestino irritable - SII 

En el síndrome de intestino irritable (SII) normalmente no se “desaprende” el control de esfínteres adquirido en la infancia. Lo que puede ocurrir es que el sistema intestinal genere una señal de urgencia tan intensa que la persona sienta que su margen para posponer la defecación es mínimo.

En condiciones normales, cuando las heces llegan al recto, este se distiende y aparece la sensación de ganas de defecar. Si no es el momento adecuado, el esfínter anal externo y el suelo pélvico permiten posponer voluntariamente la evacuación. Es decir, seguimos teniendo el mecanismo aprendido de “ahora no, aguanto hasta encontrar un baño”.

SII con predominio de diarrea

En el SII, especialmente en el SII con predominio de diarrea, pueden intervenir varias cosas:

  • Hipersensibilidad visceral: una cantidad de contenido o una distensión rectal que otra persona percibiría como unas ganas moderadas puede experimentarse como una urgencia muy intensa.
  • Mayor motilidad intestinal: determinados estímulos, especialmente comer, estrés o ciertos alimentos, pueden provocar contracciones intestinales y movimientos propulsivos más intensos.
  • Heces más líquidas: fisiológicamente son más difíciles de retener que unas heces formadas.
  • Respuesta gastrocolónica intensa: después de comer puede aumentar considerablemente la actividad del colon.
  • Interacción cerebro-intestino: la activación autonómica, la ansiedad anticipatoria y la atención constante a las sensaciones intestinales pueden amplificar la percepción de urgencia.

Y aquí aparece algo clínicamente muy interesante para el caso de personas que sienten que su calidad de vida se ve reducida al tener que estar pendiente de dónde hay un baño. No obstante, sentir “no voy a poder aguantar” no significa necesariamente que fisiológicamente no pueda aguantar.

Nunca ha tenido un episodio de incontinencia

De hecho, si durante años la persona nunca ha tenido un episodio de incontinencia, esa discrepancia es muy relevante: su experiencia subjetiva puede ser “tengo que encontrar un baño inmediatamente porque si no me lo hago encima”, mientras que su historia conductual proporciona evidencia de que su sistema de continencia ha funcionado repetidamente.

Ahí, es preciso distinguir tres niveles:

Sensación intestinal → interpretación → conducta.

Por ejemplo:

noto movimiento/urgencia → “no voy a aguantar” → busco inmediatamente un baño, dejo de comer, evito trayectos, compruebo dónde están los baños, no hago determinados planes.

Consecuencias de las conductas de seguridad

Y esas conductas de seguridad tienen una consecuencia complicada: nunca llega a comprobar qué habría ocurrido si hubiera esperado un poco más. Cada vez que encuentra rápidamente un baño, la ansiedad disminuye y el cerebro aprende: “menos mal que encontré el baño; realmente había peligro”.

Por eso, antes de asumir que tiene una incapacidad fisiológica para retener, sería importante saber exactamente qué significa para la persona “no puedo aguantar”. Puede significar cosas muy distintas: dolor abdominal, espasmos, sensación rectal intensa, miedo a tener diarrea, percepción de pérdida inminente de control o verdadera dificultad esfinteriana.

Conceptualización del caso

Y esto cambia mucho la conceptualización. Si existe incontinencia real, escape fecal, alteraciones neurológicas, problemas del suelo pélvico o determinadas señales gastrointestinales de alarma, habría que valorar específicamente la parte médica/fisiológica. Pero si existe una historia de urgencia intensa + miedo a no llegar + conductas de seguridad + evitación durante años, sin episodios reales de pérdida de control, entonces hay bastante más que explorar desde el aprendizaje, la hipervigilancia y el eje cerebro-intestino.

Para una persona que padece desde hace años de SII-D, miedo a la urgencia, necesidad de localizar baños, evitación de comidas/planes y sin episodios de incontinencia, la primera evaluación psicológica debe ir dirigida a distinguir síntomas intestinales reales, ansiedad general, ansiedad específicamente gastrointestinal y posibles mecanismos obsesivo-fóbicos.

Una de las preguntas que más información puede proporcionar sería:

“Cuando dices que no puedes aguantar, ¿qué ocurre exactamente en tu cuerpo y cuánto tiempo has comprobado realmente que puedes esperar antes de ir al baño?”.


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María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es


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