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Terapia de pareja en Vecindario y
online
Agresividad en la pareja: cuando las discusiones se convierten en una relación que hace daño
Todas las parejas pueden discutir. Tener diferencias, enfadarse o atravesar momentos de crisis no convierte una relación en una relación tóxica.
El problema aparece cuando las discusiones empiezan a cruzar determinados límites.
Insultos.
Humillaciones.
Gritos.
Amenazas de ruptura utilizadas durante cada conflicto.
Empujones.
Golpes.
Romper objetos.
Bloquear la salida de una habitación.
Agarrar a la otra persona.
Revisar continuamente el móvil.
Despreciar.
Ridiculizar.
Utilizar aquello que conocemos de nuestra pareja para hacerle daño.
Después llega la reconciliación. Ambos se tranquilizan, aparecen las disculpas y durante algún tiempo parece que todo ha terminado.
Hasta la siguiente discusión.
Cuando una pareja entra repetidamente en este tipo de dinámica, ya no estamos hablando simplemente de que «tenemos problemas de comunicación».
La agresividad física, verbal o psicológica necesita ser evaluada específicamente.
«Nos queremos, pero cuando discutimos nos hacemos mucho daño»
Esta es una de las contradicciones más difíciles de comprender para algunas parejas.
Puede existir amor y, al mismo tiempo, una dinámica profundamente destructiva.
Después de una discusión pueden aparecer arrepentimiento, culpa, miedo a perder al otro y deseo de recuperar rápidamente la relación.
Entonces llegan las promesas:
«No volverá a ocurrir».
«La próxima vez me controlaré».
«Tenemos que dejar de discutir así».
«Los dos tenemos que cambiar».
Durante unos días todo parece diferente.
Sin embargo, si únicamente llega la reconciliación pero no se modifican los procesos que conducen a la escalada, el conflicto puede repetirse.
Cuando una discusión va subiendo de intensidad
Muchas discusiones destructivas no comienzan con una agresión.
Empiezan mucho antes.
Una frase.
Un tono.
Una sensación de rechazo.
Un mensaje que no ha sido contestado.
Celos.
Una crítica.
Sentirse ignorado/a.
Pensar que al otro no le importa lo que sentimos.
Una persona protesta.
La otra se defiende.
La primera aumenta la intensidad porque siente que no está siendo escuchada.
La otra empieza a sentirse atacada y responde con mayor dureza.
Aparecen reproches antiguos.
Después pueden llegar los insultos, las amenazas, los gritos o la agresión.
Cuando finalmente ambos están completamente activados emocionalmente, ya no están intentando resolver el problema inicial.
Están intentando defenderse del otro.
De la necesidad de ser escuchado a atacar
En algunas relaciones aparece un patrón especialmente doloroso.
Una persona intenta conseguir cercanía, atención, reconocimiento o seguridad.
Pero lo expresa mediante críticas, acusaciones, exigencias o ataques.
La otra persona escucha el ataque, no la necesidad que existe detrás.
Se defiende, contraataca o se distancia.
Ese alejamiento puede aumentar todavía más la sensación de abandono o rechazo del primer miembro de la pareja.
Entonces intensifica nuevamente su comportamiento.
Se establece así un círculo:
Necesito que me escuches → protesto o ataco → te sientes atacado/a → te defiendes o te alejas → siento todavía más rechazo → aumento mi protesta → aumenta el conflicto.
Comprender este ciclo puede ser importante.
Pero comprenderlo no significa justificar una agresión.
Podemos comprender qué emociones preceden a una conducta y, al mismo tiempo, establecer claramente que determinadas conductas no son aceptables dentro de una relación.
Agresividad verbal y psicológica en la pareja
No todas las agresiones dejan una lesión física.
En algunas parejas la violencia aparece principalmente mediante las palabras.
Descalificar continuamente.
Insultar.
Ridiculizar.
Utilizar inseguridades personales durante las discusiones.
Amenazar repetidamente con abandonar.
Humillar.
Intimidar.
Destruir objetos para asustar.
Utilizar el silencio deliberadamente para castigar o controlar.
Amenazar.
Intentar aislar a la pareja.
Controlar dónde está, con quién habla o qué hace.
Estas conductas necesitan ser valoradas porque pueden producir un importante deterioro psicológico y relacional.
Agresiones físicas durante las discusiones
«Solo fue un empujón».
«Le agarré porque quería marcharse».
«Me puse delante de la puerta para que termináramos de hablar».
«Me dio una bofetada, pero estaba muy enfadada».
«Los dos nos empujamos».
Minimizar lo sucedido puede convertirse en una manera de continuar dentro del mismo ciclo.
Una agresión física merece atención aunque haya ocurrido una sola vez.
Y cuando ya se ha repetido, resulta especialmente importante evaluar qué tipo de violencia existe, su frecuencia, gravedad, escalada y riesgo.
«Los dos nos agredimos»: ¿significa que ambos tienen la misma responsabilidad?
No necesariamente.
Que dos personas hayan realizado conductas agresivas no nos dice por sí solo qué dinámica existe.
Es necesario valorar qué ocurrió, quién inició determinadas conductas, qué función tuvieron, si existe miedo, intimidación, represalias, control, desigualdad de poder, lesiones, amenazas o conductas defensivas.
Por eso no resulta adecuado reducir automáticamente estas situaciones a:
«Los dos sois igual de responsables».
Cada comportamiento debe evaluarse dentro de su contexto.
Celos, miedo al abandono y dependencia emocional
En algunas parejas la escalada está relacionada con un intenso miedo a perder la relación.
Una persona interpreta determinados comportamientos como señales de rechazo:
«Ya no me quiere».
«Está interesado/a en otra persona».
«Me va a dejar».
«Prefiere estar con sus amigos que conmigo».
«Si no me responde es porque no le importo».
La ansiedad aumenta y aparecen conductas destinadas a conseguir seguridad: llamadas repetidas, interrogatorios, comprobaciones, exigencias, búsqueda de confirmación o intentos de impedir que la otra persona se aleje.
Pero cuanto mayor es la presión, más puede distanciarse la pareja.
Y ese distanciamiento confirma precisamente aquello que se temía.
Miedo al abandono → necesidad de controlar o perseguir → alejamiento de la pareja → mayor miedo al abandono.
Cuando este proceso está presente, puede ser necesario trabajar individualmente aspectos relacionados con apego, regulación emocional, autoestima, celos, inseguridad o dependencia emocional.
¿Por qué seguimos juntos si nos hacemos daño?
Esta pregunta no siempre tiene una respuesta sencilla.
Una relación puede contener simultáneamente momentos muy dolorosos y momentos de enorme conexión.
Después de una crisis intensa puede producirse una reconciliación igualmente intensa.
La persona recupera aquello que temía perder.
Aparece alivio.
Cariño.
Sexo.
Promesas.
Esperanza.
Y puede pensarse:
«Ahora sí hemos entendido lo que estaba pasando».
Pero cuando vuelve a aparecer el desencadenante, reaparece también el patrón anterior.
Por eso una relación no debería valorarse únicamente por cómo se siente la pareja después de reconciliarse, sino también por lo que ocurre cuando existe frustración, miedo, desacuerdo o enfado.
¿Una relación tóxica puede cambiar?
No existe una respuesta válida para todas las parejas.
Antes de preguntarnos cómo reparar la relación necesitamos valorar algo anterior:
¿Es una relación en la que puede trabajarse conjuntamente con seguridad?
Cuando existe agresividad, la primera intervención no debería consistir simplemente en enseñar técnicas de comunicación.
Es necesario evaluar la violencia.
Entre otras cuestiones:
¿Qué ocurre exactamente durante las discusiones?
¿Ha existido violencia física?
¿Con qué frecuencia?
¿Está aumentando?
¿Alguno tiene miedo del otro?
¿Existen amenazas?
¿Se impide al otro marcharse?
¿Hay control sobre el móvil, dinero, relaciones o movimientos?
¿Ha habido lesiones?
¿Existen hijos expuestos a las discusiones?
¿Hay consumo de alcohol u otras sustancias relacionado con los episodios?
¿Existe voluntad real de detener completamente las agresiones?
Estas preguntas ayudan a determinar qué tipo de intervención puede resultar adecuada.
¿Se puede hacer terapia de pareja cuando existen agresiones?
No siempre.
Esta es una cuestión fundamental.
La presencia de agresividad no significa automáticamente que la terapia conjunta sea la intervención indicada.
Cuando existe violencia grave, miedo, intimidación, control coercitivo, riesgo para alguno de los miembros o posibilidad de represalias después de las sesiones, la terapia de pareja puede no ser apropiada.
En determinadas situaciones puede ser necesario realizar primero entrevistas individuales, establecer medidas de seguridad o recomendar intervención individual o especializada.
En otros casos, después de una evaluación cuidadosa y cuando existen determinadas condiciones de seguridad, puede valorarse si resulta adecuado realizar algún tipo de intervención conjunta.
La prioridad no es mantener la pareja a cualquier precio.
La prioridad es detener la violencia y proteger a las personas implicadas.
La terapia no consiste en decidir quién tiene razón
Cuando una pareja llega después de meses o años de conflictos puede utilizar la sesión para intentar demostrar quién es responsable de todo.
«Dile que esto no es normal».
«Explícale que el problema es él».
«Ahora cuéntale lo que hiciste tú».
Pero convertir la consulta en un juicio puede reproducir exactamente la dinámica que existe fuera.
La evaluación psicológica busca comprender:
qué ocurre entre ambos;
qué desencadena las escaladas;
cómo responde cada uno;
qué emociones aparecen;
qué patrones individuales intervienen;
qué responsabilidad corresponde a cada conducta;
y, fundamentalmente, si existen las condiciones necesarias para realizar un trabajo conjunto seguro.
Cuando puede ser necesario trabajar individualmente
A veces uno o ambos miembros necesitan un proceso individual antes o independientemente de la terapia conjunta.
Puede ser necesario trabajar:
- Regulación de la ira y de los impulsos.
- Celos.
- Miedo al abandono.
- Dependencia emocional.
- Trauma.
- Autoestima.
- Apego.
- Interpretaciones de rechazo.
- Control.
- Dificultades para tolerar la frustración.
- Patrones aprendidos en relaciones anteriores o durante la infancia.
- Consumo de sustancias cuando interviene en los episodios de violencia.
Comprender el origen de una reacción puede ayudarnos a modificarla.
Pero nuevamente existe una diferencia fundamental:
comprender no significa justificar.
Cada persona continúa siendo responsable de cómo actúa.
¿Cuándo pedir ayuda?
No es necesario esperar a que ocurra algo todavía más grave.
Si vuestras discusiones terminan repetidamente en insultos, humillaciones, amenazas, empujones, golpes, rotura de objetos, miedo o pérdida de control, conviene realizar una evaluación profesional.
También puede ser importante consultar cuando uno de los dos empieza a pensar:
«Cuando discutimos no me reconozco».
«Tengo miedo de perder el control».
«Cada vez llegamos más lejos».
«Después me arrepiento muchísimo, pero vuelve a pasar».
«Nos queremos, pero nos estamos haciendo daño».
«No quiero que nuestra relación siga siendo así».
Terapia psicológica para problemas de pareja y agresividad
Trabajo con dificultades de pareja desde una perspectiva integrativa.
Cuando existe agresividad, el primer objetivo es evaluar la dinámica y determinar qué intervención resulta adecuada y segura.
No todas las parejas necesitan lo mismo.
En algunos casos puede plantearse posteriormente un trabajo conjunto.
En otros será preferible realizar intervención individual.
Y cuando exista una situación de violencia que haga desaconsejable la terapia de pareja, se priorizará la seguridad y se orientará hacia los recursos adecuados.
Terapia de pareja online y presencial en Vecindario
Si vuestra relación ha entrado en un ciclo de discusiones, agresividad, distanciamiento y reconciliación que vuelve a repetirse, podéis solicitar una primera consulta para valorar la situación.
Realizo terapia de pareja presencial en Vecindario, Gran Canaria, y terapia de pareja online.
La primera pregunta no será:
«¿Cómo conseguimos que sigáis juntos?»
Será:
«¿Qué está ocurriendo entre vosotros y cuál es la forma más adecuada y segura de intervenir?»
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María Jesús Suárez Duque - Doctoralia.es
